Portada de El Castillo de los Sueños de la Abuelas

El Castillo de los Sueños de la Abuelas

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Mateo estaba frente a la puerta de madera de la casa de la abuela. Llevaba su mochila azul muy apretada contra el pecho. El sol se estaba escondiendo y las sombras empezaban a alargarse sobre la acera. Mateo sentía unas mariposas un poco revoltosas en su estómago porque hoy sería su primera noche durmiendo fuera de casa.

De repente, la puerta se abrió con un suave clic y apareció la abuela Elena. Ella tenía la sonrisa más grande del mundo y olía a galletas de canela. "¡Bienvenido al Explorador Jefe!", exclamó ella, haciendo un saludo militar de broma. Mateo no pudo evitar sonreír un poquito al ver que la abuela llevaba un sombrero de papel hecho con periódico.

Al entrar, el pasillo parecía muy largo y un poco oscuro. Mateo se detuvo, mirando hacia las profundidades de la casa. Las cortinas se movían suavemente con la brisa y parecían manos gigantes que saludaban en el aire. El silencio de la casa era diferente al de su habitación, un silencio que zumbaba en sus oídos.

La abuela Elena notó que Mateo no se movía, así que sacó algo de su bolsillo: una linterna pequeña pero muy potente que brillaba como una estrella atrapada. "Toma, Mateo. Esta es la Llave de la Luz", dijo ella. "Con esto, cualquier sombra se convierte en un mapa de aventuras. ¿Quieres que inspeccionemos el territorio?".

Juntos, caminaron por el pasillo. Mateo encendió su linterna y apuntó hacia un rincón oscuro donde algo grande acechaba. ¡Zas! La luz reveló que no era un monstruo, sino el perchero con el abrigo peludo de la abuela. "¡Es solo un oso de lana dormido!", rió Mateo, perdiendo un poco el miedo.

Después de la inspección, llegaron a la cocina. La abuela Elena le explicó que todos los grandes exploradores necesitaban "combustible de valentía". Mateo se sentó a la mesa y disfrutó de un vaso de leche tibia y unas galletas que todavía estaban calientes. El calor de la cocina hacía que todo el miedo se derritiera como la mantequilla.

Mientras comía, Mateo escuchó un sonido rítmico: tic-tac, tic-tac. Miró hacia el gran reloj de pared. "Es el corazón de la casa", explicó la abuela. "Nos avisa de que todo está en orden y que es hora de preparar nuestro campamento base en el cuarto de invitados". Mateo se dio cuenta de que el sonido era casi como una canción de cuna.

En el cuarto de invitados, la cama estaba cubierta con una colcha de muchos colores que parecía un mapa de reinos lejanos. La abuela Elena ayudó a Mateo a ponerse su pijama de astronauta. "Esta cama es en realidad una nave espacial de nubes", susurró ella mientras arropaba a Mateo con mucho cuidado.

Mateo se acurrucó bajo las mantas. Desde la ventana, podía ver la luna brillando con fuerza. Ya no sentía que la casa de la abuela fuera un lugar extraño; ahora era su fortaleza secreta. Agarró su linterna y la puso bajo la almohada, sintiéndose como el capitán más valiente de la galaxia.

Antes de salir, la abuela Elena le dio un beso de buenas noches en la frente. "Mañana seguiremos con la expedición en el jardín", prometió ella. Mateo cerró los ojos y, antes de que pudiera darse cuenta, el suave tic-tac del reloj lo llevó a un sueño lleno de aventuras seguras. Dormir en casa de la abuela era, después de todo, el mejor viaje de su vida.
FEBRERO 19, 2026
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Leonidas Segura

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