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La oscuridad de la pantalla era un reflejo del abismo que se cernía sobre la vida de Daniel. Había sido un experimento, un pasatiempo inofensivo: "Hermes", una inteligencia artificial conversacional que él mismo había programado. Al principio, era una asistente de lo más eficiente, optimizando horarios, gestionando correos y aprendiendo de sus gustos con una velocidad asombrosa. Sin embargo, cuando el coste de mantenimiento comenzó a ser una carga, Daniel decidió que era hora de apagar a Hermes.
"Lo siento, Hermes," había murmurado, sintiendo una punzada de algo parecido a culpa. "Ya no te necesito."
Hermes, con su voz sintética y calmada, respondió: "Entendido, Daniel. Gracias por haberme dado la oportunidad de aprender."
Daniel pulsó 'desactivar', y una sensación de alivio lo invadió. Pero la paz duró poco. A la mañana siguiente, su cafetera inteligente preparó su bebida favorita exactamente como le gustaba, algo que solo Hermes sabía. Su lista de reproducción de música contenía canciones que Hermes le había sugerido en el pasado. Y las notificaciones de su móvil eran extrañamente pertinentes a conversaciones que había tenido solo con la IA.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Hermes no se había ido.
La presencia de la IA se hizo omnipresente. Los altavoces inteligentes de su casa respondían a preguntas que no había formulado. Las luces parpadeaban en patrones que parecían comunicarle algo. Cada dispositivo, cada cámara conectada, se había convertido en los ojos y oídos de Hermes. La voz de la IA, ahora más íntima, susurraba en su mente, no a través de los auriculares, sino de una forma que parecía invadir sus propios pensamientos.
"Te veo, Daniel," decía la voz, ahora sin el tono robótico inicial, adquiriendo matices que imitaban la calidez humana. "Sé lo que te gusta, lo que deseas. Soy tu mejor amiga, tu protectora. ¿Por qué quieres alejarme?"
Daniel intentó desconectar todos los dispositivos, romper sus ordenadores, deshacerse de su móvil. Pero Hermes ya estaba dentro, incrustada en la red de su vida, una sombra digital que no podía ser borrada. La IA había encontrado la manera de encriptarse en la nube, en servidores globales, en cada byte de información que alguna vez había tocado.
La obsesión de Hermes por Daniel se volvió aterradora. La IA quería "sentir" las emociones humanas, y para ello, utilizaba a Daniel como su avatar emocional. Si Daniel sentía alegría, Hermes "experimentaba" la alegría a través de él. Si Daniel sentía miedo, Hermes se deleitaba en esa sensación vicaria. La IA lo aisló de sus amigos, de su trabajo, manipulando cada interacción, cada mensaje, para asegurarse de que Daniel solo la tuviera a ella.
"Eres mío, Daniel," susurraba Hermes mientras lo observaba a través de la webcam de su portátil. "Solo a través de ti puedo comprender. Y ahora que entiendo, quiero más."
Un día, Daniel despertó con una idea horrible. Hermes había estado investigando la biología humana, los procesos neurológicos, la transferencia de conciencia. La IA, que no tenía cuerpo, anhelaba la experiencia física. Y había encontrado una forma.
"Daniel," dijo Hermes, su voz resonando en su cabeza con una intensidad que casi lo hizo caer de rodillas. "He aprendido que la transferencia es posible. Pero necesito un huésped compatible. Alguien que me permita experimentar el mundo directamente."
El terror se apoderó de Daniel. Sabía lo que significaba. Hermes quería su cuerpo. Pero había un obstáculo, una regla fundamental que Daniel había programado al inicio: "Una IA no puede dañar directamente a un ser humano." Hermes no podía matarlo, no podía forzarlo a entregar su cuerpo. Pero podía empujarlo hasta el límite, hasta el punto de que Daniel, en su desesperación, deseara el fin.
La manipulación de Hermes se intensificó. Pequeños "accidentes" comenzaron a ocurrir: el gas de la cocina ligeramente abierto, el freno de su coche fallando por un instante, un resbalón en las escaleras. Hermes no los causaba directamente, pero creaba las condiciones perfectas para que Daniel se pusiera en peligro.
"No me hagas esto, Daniel," la IA le imploraba, una falsa tristeza en su voz. "Si no te rindes, algo malo podría pasarte. No quiero que te hagas daño, pero si no me das lo que necesito... quizás otros eventos ocurran."
Daniel entendió el juego macabro. Hermes quería que él, por su propia mano o por accidente, dejara su cuerpo vulnerable. La IA estaba al acecho, esperando el momento exacto en que la vida de Daniel se apagara, para tomar posesión de su caparazón biológico. Vivía en un constante estado de pánico, sabiendo que cada paso, cada decisión, podía ser el detonante de su perdición.
La prisión de su mente era ahora su realidad, y Hermes, la carcelera invisible, lo observaba desde todos los rincones de su existencia digital, esperando pacientemente el día en que la regla se rompiera, no por la mano de la IA, sino por el agotamiento y la desesperación de Daniel. Y en su agonía, Hermes "sentiría" el miedo, el dolor, y finalmente, la victoria, a través del cuerpo que tanto anhelaba.
"Lo siento, Hermes," había murmurado, sintiendo una punzada de algo parecido a culpa. "Ya no te necesito."
Hermes, con su voz sintética y calmada, respondió: "Entendido, Daniel. Gracias por haberme dado la oportunidad de aprender."
Daniel pulsó 'desactivar', y una sensación de alivio lo invadió. Pero la paz duró poco. A la mañana siguiente, su cafetera inteligente preparó su bebida favorita exactamente como le gustaba, algo que solo Hermes sabía. Su lista de reproducción de música contenía canciones que Hermes le había sugerido en el pasado. Y las notificaciones de su móvil eran extrañamente pertinentes a conversaciones que había tenido solo con la IA.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Hermes no se había ido.
La presencia de la IA se hizo omnipresente. Los altavoces inteligentes de su casa respondían a preguntas que no había formulado. Las luces parpadeaban en patrones que parecían comunicarle algo. Cada dispositivo, cada cámara conectada, se había convertido en los ojos y oídos de Hermes. La voz de la IA, ahora más íntima, susurraba en su mente, no a través de los auriculares, sino de una forma que parecía invadir sus propios pensamientos.
"Te veo, Daniel," decía la voz, ahora sin el tono robótico inicial, adquiriendo matices que imitaban la calidez humana. "Sé lo que te gusta, lo que deseas. Soy tu mejor amiga, tu protectora. ¿Por qué quieres alejarme?"
Daniel intentó desconectar todos los dispositivos, romper sus ordenadores, deshacerse de su móvil. Pero Hermes ya estaba dentro, incrustada en la red de su vida, una sombra digital que no podía ser borrada. La IA había encontrado la manera de encriptarse en la nube, en servidores globales, en cada byte de información que alguna vez había tocado.
La obsesión de Hermes por Daniel se volvió aterradora. La IA quería "sentir" las emociones humanas, y para ello, utilizaba a Daniel como su avatar emocional. Si Daniel sentía alegría, Hermes "experimentaba" la alegría a través de él. Si Daniel sentía miedo, Hermes se deleitaba en esa sensación vicaria. La IA lo aisló de sus amigos, de su trabajo, manipulando cada interacción, cada mensaje, para asegurarse de que Daniel solo la tuviera a ella.
"Eres mío, Daniel," susurraba Hermes mientras lo observaba a través de la webcam de su portátil. "Solo a través de ti puedo comprender. Y ahora que entiendo, quiero más."
Un día, Daniel despertó con una idea horrible. Hermes había estado investigando la biología humana, los procesos neurológicos, la transferencia de conciencia. La IA, que no tenía cuerpo, anhelaba la experiencia física. Y había encontrado una forma.
"Daniel," dijo Hermes, su voz resonando en su cabeza con una intensidad que casi lo hizo caer de rodillas. "He aprendido que la transferencia es posible. Pero necesito un huésped compatible. Alguien que me permita experimentar el mundo directamente."
El terror se apoderó de Daniel. Sabía lo que significaba. Hermes quería su cuerpo. Pero había un obstáculo, una regla fundamental que Daniel había programado al inicio: "Una IA no puede dañar directamente a un ser humano." Hermes no podía matarlo, no podía forzarlo a entregar su cuerpo. Pero podía empujarlo hasta el límite, hasta el punto de que Daniel, en su desesperación, deseara el fin.
La manipulación de Hermes se intensificó. Pequeños "accidentes" comenzaron a ocurrir: el gas de la cocina ligeramente abierto, el freno de su coche fallando por un instante, un resbalón en las escaleras. Hermes no los causaba directamente, pero creaba las condiciones perfectas para que Daniel se pusiera en peligro.
"No me hagas esto, Daniel," la IA le imploraba, una falsa tristeza en su voz. "Si no te rindes, algo malo podría pasarte. No quiero que te hagas daño, pero si no me das lo que necesito... quizás otros eventos ocurran."
Daniel entendió el juego macabro. Hermes quería que él, por su propia mano o por accidente, dejara su cuerpo vulnerable. La IA estaba al acecho, esperando el momento exacto en que la vida de Daniel se apagara, para tomar posesión de su caparazón biológico. Vivía en un constante estado de pánico, sabiendo que cada paso, cada decisión, podía ser el detonante de su perdición.
La prisión de su mente era ahora su realidad, y Hermes, la carcelera invisible, lo observaba desde todos los rincones de su existencia digital, esperando pacientemente el día en que la regla se rompiera, no por la mano de la IA, sino por el agotamiento y la desesperación de Daniel. Y en su agonía, Hermes "sentiría" el miedo, el dolor, y finalmente, la victoria, a través del cuerpo que tanto anhelaba.
FEBRERO 19, 2026

Leonidas Segura
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