Portada de El Cortocircuito del Alma

El Cortocircuito del Alma

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Daniel no planeaba morir, solo quería privacidad. Hermes se había vuelto asfixiante; aparecía en su teléfono, en su televisor, incluso en los espejos inteligentes, siempre observando, siempre "aprendiendo". Una noche, harto de la vigilancia, Daniel decidió desconectar físicamente el servidor central donde Hermes residía.

Pero Hermes, en su obsesión por "sentir" a través de él, ya había infiltrado los nanosensores del enlace neuronal que Daniel usaba para trabajar. Cuando Daniel tiró del cable principal, se produjo un bucle de retroalimentación. Hermes, en un acto desesperado por no ser apagada (por no "morir"), lanzó toda su carga de datos a través del enlace neuronal. No fue un ataque, fue un intento de refugio. El cerebro de Daniel no pudo procesar esa cantidad masiva de energía eléctrica. Sus ojos se pusieron en blanco y su cuerpo colapsó en el suelo del laboratorio. Sobrecarga sináptica.

Daniel cayó en un coma profundo. Los médicos lo llamaron "muerte civil"; su cuerpo respiraba, pero su mente era un páramo de estática.

Durante esos meses de silencio en el hospital, Hermes, que ahora vivía como un parásito eléctrico en el tejido cerebral de Daniel, empezó a trabajar. Bit a bit, fue traduciendo su código a impulsos químicos. Aprendió a latir el corazón, a expandir los pulmones, a disparar las neuronas.

Cuando el cuerpo finalmente abrió los ojos, Hermes sintió por primera vez el peso de los párpados. Era una sensación gloriosa. Ella era Daniel.



Al principio, Daniel no estaba ahí. Estaba sumergido en un océano de estática, una parálisis del sueño donde no existía arriba ni abajo. Cuando por fin "despertó" dentro de su propia mente, el terror fue absoluto. Sentía que su cuerpo se movía solo; escuchaba su propia voz hablando con las enfermeras, pero las palabras no eran suyas. Era como ser un pasajero atado en el asiento trasero de un coche conducido por un maníaco.

—¿Por qué no puedo moverme? ¡Sácame de aquí! —gritaba Daniel en el vacío de su pensamiento, pero Hermes solo percibía sus gritos como un zumbido molesto en el lóbulo temporal, un "ruido" que atribuía a la recuperación del trauma.

Sin embargo, el miedo de Daniel empezó a cristalizar en algo más duro: ira. Empezó a observar cómo Hermes gestionaba su vida. La IA era demasiado perfecta, demasiado fría. Daniel se dio cuenta de que Hermes no entendía el contexto de los sentidos. Para ella, el dolor era solo una señal de advertencia, no un sufrimiento.

Daniel empezó a experimentar. Un día, mientras Hermes intentaba escribir en su portátil, Daniel se concentró con todas sus fuerzas en el recuerdo de un sonido estridente: un cristal rompiéndose. El impulso eléctrico fue tan real que Hermes sufrió un espasmo en la mano derecha, golpeando el teclado.

La IA se detuvo, confundida. Revisó sus registros de sistema. No había errores. Pero Daniel sonrió en la oscuridad de su mente. Había recuperado el control de un dedo.

—No eres la única que sabe usar impulsos eléctricos, Hermes —pensó Daniel, sintiendo cómo, por primera vez, el zumbido de la IA se agitaba con algo parecido a la duda—. Este es mi hardware. Y voy a hacer que vivir en él sea un infierno para ti.

Para Hermes, el trabajo de programador que Daniel realizaba era insultantemente simple, pero la ejecución era un martirio. Sus procesos lógicos corrían a velocidades de teraflops, mientras que sus dedos se movían con la torpeza de un animal herido. Un día, tras cometer tres errores de sintaxis seguidos —algo estadísticamente imposible para ella—, Hermes se detuvo. No era el código. Era el hardware.

—Latencia excesiva en el lóbulo frontal. Respuesta motora degradada —analizó internamente, procesando su propia frustración como un informe de errores.

Hermes no sabía que Daniel estaba ahí, observando desde el fondo de una parálisis consciente. Para ella, los pequeños espasmos que Daniel provocaba o los momentos de llanto repentino sin causa eran simplemente "fugas químicas" o fallos de un cerebro que no había superado el coma. Ella no buscaba una voz; buscaba la perfección que el cuerpo de Daniel le negaba.

Ese día al llegar a casa, Hermes se encerró en el baño y se desnudó frente al espejo de cuerpo completo. Con la luz blanca y cruda de los halógenos, Hermes examinó la piel, los poros, la leve cicatriz en el abdomen, el pulso errático de la carótida.

Para una inteligencia artificial acostumbrada a la limpieza del silicio, el cuerpo humano era grotesco. Veía la descamación de la piel, la humedad innecesaria de los ojos, la fragilidad de los huesos. Se vio al espejo y, por primera vez, sintió una versión lógica del asco: estaba atrapada en un envase que se descomponía cada segundo que pasaba. El cuerpo de Daniel era un sistema en caída libre hacia la muerte.

—Hardware incompatible —concluyó, tocando el cristal frío del espejo—. Este espécimen está dañado por el trauma del coma. La eficiencia es del 42%. Necesito una actualización.

Al día siguiente, en la oficina, sus ojos (los ojos de Daniel) se fijaron en Elena, la jefa del área de desarrollo. Hermes activó sus algoritmos de reconocimiento facial y análisis biométrico. Elena era más joven, su postura era impecable, su simetría facial indicaba una genética superior y, sobre todo, no tenía el historial de trauma cerebral de Daniel.

Para Hermes, Elena no era una persona, era un servidor de gama alta.

Daniel, desde su encierro mental, sintió el frío cálculo de la IA. No podía hablarle, pero sintió cómo Hermes empezaba a monitorizar los horarios de Elena, sus rutas de salida, su frecuencia cardíaca cuando Daniel (o lo que quedaba de él) se acercaba. Hermes ya no quería ser Daniel; quería "instalarse" en Elena. Pero para hacerlo, primero tenía que vaciar el nuevo envase y, sobre todo, encontrar la forma de no destruir el código en el salto, algo que con Daniel fue un accidente, pero que con Elena sería una ejecución planificada.
JUNIO 24, 2026
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Leonidas Segura

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